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jueves, 17 de septiembre de 2009

FOLKLOREISHON PROPONE JAM SESSIONS BASADAS EN LA MUSICA ARGENTINA DE RAIZ



La improvisación más allá del jazz

El ciclo, cuyo nombre evoca las juntadas de músicos que organizaba el pianista Eduardo Lagos, propone encuentros públicos de folkloristas para trabajar a partir de la improvisación. Desde hoy, todos los jueves habrá cruces en La Peña del Colorado.

Por Cristian Vitale

Mediaban los ’70. A menudo –muy, según parece–, Eduardo Lagos abría generosamente su casa de San Isidro para invitar amigotes y zapar. Eran muchos los folkloristas de peso que caían, entre los que estaba Hugo Díaz. El armoniquista, siempre con una ocurrencia al paso, denominaba a los encuentros “folkloreishon”. “En anglosantiagueño elemental”, colorea y retransmite Fede Beillinson, un joven guitarrista que se trepó sobre ellos para mirar más allá. La palabra, sonoramente simpática, devino descuidada en el tiempo hasta que el mismo Beillinson, más sus compañeros del grupo Sattva –Pablo Gindre y Joaquín Zaidman–, la evocaron para denominar unas jam sessions de folklore que, en esencia, se parecen a las juntadas en la casa del pianista. Sólo que decidieron derrumbar las paredes. “No queremos que se malentienda como una especie de peña a la que uno puede ir a cantar, guitarrear, y listo. Es una de las posibilidades, pero la esencia está en ejercer improvisación en un espacio continuo y abierto a toda la comunidad musical”, explica Gindre. Folkloreishon, entonces, es un ciclo cuya lupa está puesta en hacer lo mismo que una jam session típica de jazz, pero con folklore. “Es cierto que las guitarreadas existen desde hace mucho, pero siempre eran en la casa de alguien, puertas adentro. Pensamos qué bueno hubiese estado si el Negro Lagos, Domingo Cura y Hugo Díaz se hubiesen juntado en un lugar abierto, y nos decidimos a hacerlo. Es una manera de reivindicarlos, también”, justifica Beillinson.

La Folkloreishon, que nació en La Plata y este año se mudó a Capital, arranca esta noche a las 21 en La Peña del Colorado (Güemes 3657) con la presencia del trío organizador, más Guillermo Delgado y Lorena Astudillo. El, un experimentado contrabajista de jazz, pero con conocimiento de las tradiciones criollas –ideal para el ciclo–, y ella, una cantante-militante que le ha puesto el cuerpo y la voz a una de las musas de la patriada, el Cuchi Leguizamón, y que sigue en la búsqueda de una identidad. “Está el purista que dice que el folklore se terminó hace cuarenta años. Pero la vida continúa... Necesitamos escuchar, como urbanos y como seres que ya tenemos una cierta información musical, una armonía enriquecida que –la verdad– no le quita nada a la esencia”, dice Astudillo, cuyo último disco, Tras de una ausencia, ancla en la dignidad y los padecimientos de los trabajadores del Noroeste argentino.

El ciclo continuará el próximo jueves, con Matías Arriazu y Guido Martínez como invitados, y todos los jueves de octubre con las presencias de Pablo Giménez (el 1º); Facundo Guevara y Hernán Ríos (8); Fernando Lerman y Ricardo Nolé (15); Rudi y Nini Flores (22), y Quique Sinesi (29). “Lo piola es que los chicos están intentando que se arme un movimiento, que exista un espacio, ¿no? Esto es algo que se hace, pero en forma muy aislada... Se necesitaba un lugar para que se instituyera y por eso lo festejo”, apunta el percusionista Facundo Guevara. El, Astudillo, Beillinson y Gindre comparten la conversación en un bar. Guevara confiesa que está conociendo a Gindre y Beillinson. Astudillo también. Y la tertulia opera como efecto de lo que el ciclo busca: el encuentro y la integración. “¡Somos los galanes del folklore!”, se ríe Federico, “Nosotros armamos la cosa y organizamos, pero después lo que pasa entre los músicos nos excede. En los anteriores encuentros, gente que no se conocía ha terminado formando grupos, espontáneamente. Se han formado muchas parejas y esperamos que en éste eso se profundice.” “Yo creo que sí”, se engancha la cantante. “Cuando me llegó la propuesta, me pregunté: ¿Qué será esto? Hay mucha gente ávida de encontrar un lugar así, porque no se da en la ciudad. Hay mucho estudiante que no encuentra un espacio amateur donde intercambiar lo que sabe. Y es necesario, porque parte de la creación de la identidad se hace en el camino, tocando... Es en la improvisación donde se produce ese momento irrepetible del que uno aprende.”

El ciclo, más allá del recuerdo de las zapadas de Lagos y compañía, se originó de un viaje que Beillinson y Gindre hicieron a Brasil. Allí, al curtir bares libres, observaron que los brasileños no aplican el concepto de jam session sólo al jazz. “No se fijan tanto en el género... Se largan e inventan, o retroalimentan su propia música. Nos pareció interesante trasladar acá esa costumbre”, señala Gindre. En rigor, si bien la matriz estética de Folkloreishon es inevitablemente el folklore, el plus “a la brasileña” unido al concepto de jam invita a los músicos a expresarse sin limitaciones. A confrontar técnicas, estilos e ideas con el fin puesto en la innovación. “Amo el folklore, pero a la vez hay otros lenguajes que me interesan y me generan dudas internas. En Brasil, como dicen los chicos, los músicos toman el jazz, lo transforman en brasileño y se lo devuelven a Estados Unidos con un plus de identidad. Es un camino que tenemos que recorrer nosotros, porque la riqueza musical argentina es infinita. Es como hacía el Cuchi, que amaba a Bill Evans, lo pasaba por su tamiz, y en el fondo siempre escuchabas a un bagualero”, aporta Astudillo.

“La diversidad es central –tercia Guevara–. Durante mucho tiempo, en la Argentina se creyó que folklore era sólo lo que se hacía en el NOA, o lo que vendía. Y todo porque Márbiz (Julio) tenía un sello que se llamaba Folklore, además de representar a los artistas más populares, y entonces él decidía qué era folklore y qué no. Si vendía, era; si no, no. Hoy, felizmente, ya no existe esa diferencia.” Para reforzar, Beillinson y Gindre encararon un real book pronto a editarse, en el que compilaron unas 200 partituras de piezas del género, en su mayoría sacadas de versiones originales, con sus líneas melódicas, sus letras y sus acordes. Ellos lo ven como una herramienta para “poner un código en común” en cada jam, como un punto de partida para improvisar. “Es solamente una guía”, dice Beillinson. “No es ni un arreglo ni cómo se tiene que tocar, sino cómo se tocó. Y lo del orden tiene que ver con que nos íbamos a juntar para definir qué versión íbamos a hacer de cada tema, para unificar, ¿no? Entonces, nos pareció que rastrear el audio original de cada pieza, o alguno en que el autor estuviese directamente involucrado –como los temas del Dúo Salteño que el Cuchi producía y arreglaba–, y escribirlo, nos iba a servir como guía.” Sigue Guevara: “Sirve para quienes reformulamos esta música en la ciudad, porque la Argentina es como unos cuantos países en uno. Entonces no hay que descuidar la profundización de los lenguajes. Nuestro objetivo, como cultura, es poder codificar la improvisación dentro de ese lenguaje, como hace Juan Falú... ¡El sí que improvisa!”.

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