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sábado, 31 de diciembre de 2011

REPORTAJE A RICARDO SOULE.



“No me gusta el rock chabón”

 


El cantante y compositor señala que su música “apunta a una visión más universalista, a un compromiso desde lo cultural, lo religioso y lo moral”. Esas ambiciones le dan vida a Dolmen, su octavo y flamante disco solista.



Por Cristian Vitale

Lo logró con La Biblia, cuando todo era nada. Lo intentó con el Profeta Elías o el Cid Campeador, dos obras ambiciosas, inconclusas, ocurridas en diversos mojones del largo devenir de Vox Dei. E insiste hoy. En cierto aspecto, Ricardo Soulé tiñó a Dolmen, su nuevo disco, de una impronta mística, antigua, entroncada con los misterios de creación y les dio lo que a aquellos discos: no siempre –ni necesariamente– el rock tiene que ser brazo musical del hedonismo. “Escribo así porque así soy yo: no puedo jugar el rol del guitarrista trasnochado del rock en un bar destruido”, se despacha el hombre de Quilmes, sentando las bases para explicar una obra intensa, también ambiciosa, transitada tanto por el rock potente de La Bestia Emplumada (su banda familiar), como por el toque sinfónico que él, como pocos en el rock de acá, imprimió en su estética.

–¿Por qué ir hasta los monumentos megalíticos para buscar una inspiración?

–A ver, yo pienso que el dolmen es como si fuera una puerta abierta al universo, que está esperando algún tipo de respuesta que venga desde arriba. El dolmen plantea el misterio de estos monumentos y da varias alternativas. Probablemente sean mensajes que hayan sido dejados ahí, en esas piedras grandes, y que todavía no fueron desentrañados desde lo técnico, porque tecnológicamente esas sociedades estaban muy por encima de la capacidad que tenían esos hombres. Hoy día, si usted y yo tratamos de construir una cosa así con las manos, en el medio de un lugar donde no hay piedras así, sería imposible. Y lo hicieron. Además, en un hombre sencillo, parecido al trabajador de hoy, con conciencia de Dios pero sin una individualización de él... y a mí, estas historias de diez mil años me inspiran para componer músicas, me dan letra, siempre fue así.

–De fuerte componente religioso, también. Una mirada heterodoxa sobre rock, al cabo...

–Hace 40 años que hago eso y no, no me gusta el rock chabón. Mi rock apunta a una visión más universalista, a un compromiso desde lo cultural, lo religioso y lo moral, porque por eso el hombre fue descubriendo y creando, hasta llegar a este nivel de desarrollo, no sé si para bien o para mal, ya lo veremos. En este caso, lo que vi fue que es muy probable que la religión haya sido parte de la inspiración para que el hombre construya esos monumentos, porque están entroncados con los temas de la muerte, los astros, la vida y la posición física de las extensiones de tierra. Creo que esto, desde el punto de vista creativo, tiene un campo muy amplio, hasta diría que excede el tiempo del disco. Yo pude hacer algunas de las cosas que me surgieron en primera instancia... apenas eso.
Dolmen es el octavo disco de la cosecha solista del ex Vox Dei. Sucede a Buddy Middler (2008), tiene diez temas en el cuerpo central más tres bonus en tiempo pasado: “El manto de Elías”, “La taberna del tejo” y “Viejos amigos de la ciudad” y lo va exponer en plan verano el 14 de enero en la Bodega del Auditorio de Mar del Plata. La base es, dicho está, la Banda Emplumada, que Soulé armó para tocar en La Falda hace siete años y no desarmó más (Christopher Nable en batería, su hijo Gabriel en guitarra y César Colautti en bajo), el productor Manuel Quieto (voz y pluma de La Mancha de Rolando) y los invitados, Chizzo de La Renga y Franchie (guitarrista de La Mancha). “El tema fundamental empieza con un rock muy potente, y unas combinaciones bastante polirrítmicas, un sonido muy crudo en el sentido positivo de la palabra, ¿no? Algo tan rústico y real que impacta por eso... por su realismo. En este sentido, es como una vuelta a la sonoridad de Osadía (1992) con la suma de La Bestia Emplumada, y las partes sinfónicas”, define.

–Dice que nunca estuvo de acuerdo con la idea del rockero “reventado”. ¿Ni en las buenas épocas de Vox Dei?

–Frecuenté lugares así por una cuestión laboral, porque el trabajo venía a esa hora y en esos lugares, pero no porque perteneciera a esos lugares. Yo fui criado por una familia que me enseñó una forma de vida a través del ejemplo, que consistía en levantarse temprano, trabajar de día y a la noche irme a dormir. Y sigo viviendo de esa manera. Me levanto todos los días a las seis de la mañana, no porque sea bueno sino porque necesito hacerlo.

–¿Qué registro emotivo conserva del día que murió Rubén Basoalto, su compañero en Vox Dei durante tanto tiempo?

–Desgraciadamente, su muerte no me sorprendió. Era muy difícil que se salvara, porque él estaba muy deteriorado. Igual, lo tengo más presente que nunca en mi memoria. Ahora puedo verlo en su totalidad. Sé más o menos cómo empezó y sé muy bien cómo terminó, y eso hace que su imagen se agrande ahora en mi vida, lo puedo apreciar mucho mejor. Su muerte me impresionó como una cosa incomprensible. ¿Quién puede comprender la muerte?... Yo la acepto, la espero, pero no sé lo que es. Según sé, dejó de sufrir porque estaba muy mal, y no era necesario que siguiera así.

–¿Quién fue Basoalto?

–El hombre que movió las fichas en el tablero de Vox Dei. La banda era un tablero de ajedrez y el primer movimiento lo hizo él. Fue una cosa que vino de arriba, porque yo nunca hubiera imaginado que ese timbre que sonó una tarde del verano del ’67 en mi casa era Vox Dei. El se llevó una parte del grupo, como tenemos cada uno de nosotros.

–Hubo intentos de juntarse, incluso con el reaparecido Yodi Godoy, ¿no?

–Sí, hubo una reunión el año pasado, pero Rubén no vino a la cita, y no nos dijeron por qué. La entrevista no fue muy agradable, y a los dos meses pasó lo que pasó. Me hubiese gustado la experiencia de volver a juntarnos los cuatro después de 40 años, porque Yodi se fue en épocas de La Biblia. Yo hablé con él y está mejor, recién ahora pudo resolver su separación de Vox Dei.

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